Hace unos años, cuando en Michoacán ni nos hubiéramos imaginado la situación social-conflictiva en la que estamos ahora, me lancé de viaje a la ciudad, que por esos tiempos, estaba considerada como la cuna que mecía al narco mexicano, estoy hablando de Culiacán, Sinaloa. Me fui buscando un desprendimiento interior que totalizara mi gran estupidez y me encontré con varios de los tópicos que caracterizaban en ese momento a esa ciudad. He aquí pues una cuento/crónica son varios hechos reales mezclados con un "toque" de ficción, que quizá para estas alturas ya esté un poco descontextualizado, pero no por ello dramático, divertido y emocionante. Espero lo lean completo, porque es un poco extenso, y por tal motivo no encontró acomodo en una publicación (pinches editores gachos) sólo aquí pude colgarlo... disfrútenlo!
![]() |
| El Centro de Culiacán. Visto de noche. |
“Andan
pisteando los plebes/ no se quieren componer
entre
licores y damas/ seguido los han de ver…”
Los
Canelos de Durango
-¡Que pinche calor hace
aquí morro!
Tallándose la frente, fue lo
primero que mencionó el Quique cuando se bajaron del autobús, en la meritita
central de Culiacán, Sinaloa; cuna del narco mexicano. Caminaron lentamente
hacia la salida, cargados tan solo de una mochila a la espalda y su morral al
costado. Aguardaron un rato a que llegara Elisa, la persona que los recibiría
en esas tierras. Ambos se impacientaron ante la ausencia personal y la
presencia climática sofocante.
-¡Ya vez! ¡Te dije que no
vendría a recibirte, pero ahí andas tú de creidote!
Mencionó el Quique, quien
comenzaba a tener una mayor incertidumbre. Ambos personajes abordaron un taxi
rumbo a Catedral, el punto de referencia, pero ahora que se encontraba en
circunstancias distintas a las antes previstas todo parecía inaudito,
incalculable, sobre todo sin un medio de comunicación a la mano. El Quique, que
carecía de estatura, rigidez y sobre todo blancura en su piel, vestía unos
pantalones de mezclilla ajustados a su escuálido cuerpo, cosa que le causaba
constantes aberraciones por lo estrecho del pantalón en su entrepierna.
-¡Pinche calorón! ¡Yo no se
a qué vine hasta acá!
-¡Ah ya cállate cabrón!
Apenas y llegamos y ya estas chingando. ¿A qué venías entonces? –Le replicó el
Alex. Un joven alto, de ojos pequeños, que por lo regular siempre vestía bermudas
extragrandes en sus distintas variantes.
-Pues para hacerte el paro
morro, pa’ que no te vinieras solo.
-Entonces ya cállate, deja
de estar chillando como nena.
-Cabrón pues si me suda
todo como quieres que esté tranquilo –repuso sonriente el Quique.
Ante la desesperación atroz
se dirigieron a un teléfono público para llamarle a Elisa, en su casa dijeron
que no se encontraba, que hacía rato se había salido, lo cual provocó un motivo
de esperanza para el Alex, pensando que quizá la morra había ido a la Central y que los estaba
buscando. Este propuso que compraran un celular entre los dos, de esos de
trescientos varos, pues no tenían mucho dinero, a lo cual el Quique se negó
rotundamente. Alex estaba desesperado y emputado ante la negativa del Quique,
entonces se dirigió nuevamente al teléfono público y le marcó a Elisa, le mandó
a buzón ¡Chale! En eso llegó el Quique, mostrando un celular entre sus manos.
-¡Ah qué pedo! ¿De dónde lo
sacaste?
-Se lo tumbé a un morrito
allá en la otra esquina.
-¡Chale güey!
-Pero muévete pues cabrón,
vámonos más para allá, no vaya a ser que regrese el morrito con un arsenal de
cabrones armados.
Se sentaron en una banca de
la plaza central. Un mensaje, dos mensajes, tres mensajes, no recibían
respuesta. Otra media hora, una llamada a buzón, cuarenta minutos, otra llamada
y nada.
-¡A chingar a su madre la Elisa ! –Gritó el Alex-
El otro compa brincó del
susto y casi resbala hasta el suelo.
-Aguanta carnal ¿Qué onda?
Te dije, pero no me hiciste caso, esa morra nomás te prendió leña y te dejó como
perro.
-Ya güey, no manches, en
vez de que me hagas sentir bien, ahí andas con tus cosas.
-¿Motivos? Digo, ¿Motivación
es lo que quieres? Pues vamos por unas chelas bien frías a ver si no te prendes
con eso.
Alex lanzó una sonrisa al
cielo, como agradeciendo la grandísima idea que había salido de boca del otro
compa. Los dos se metieron al lugar más cercano donde vendían cervezas; Las
Ventanas, anunciaba el lugar.
-Se ve nice pero ni pex, hay que entrar.
Se instalaron en una de las
mesas que se encontraban en la parte de afuera del bar. Por la mente del Alex
deambulaban infinidad de aberraciones sobre el viaje tan largo que habían
hecho. No concebía la idea de la desfachatez de Elisa, la despreocupación
constante con que se había manejado en ese momento, en fin, así es la gente
común.
-¿Qué es lo que van a
querer? –propuso el mesero.
-Pues queremos unas
cervezas ¿De cuál tiene? –Se adelantó el Alex.
-Ahorita hay pura media de
Dos Equis y botecitos de Tecate light y roja.
¿Quéee? Wath a fuck? ¿Qué
putas son los botecitos? ¿Tecate? ¿Roja? ¿Light? –Se cuestionaban ambos tan
solo con las miradas.
-¿No tendrás por ahí una
Victoria? –Mencionó el Quique.
-¡Oh de perdis una de
Indio! –Repuso el Alex.
Sonriente el mesero les
dijo: No de esa no tenemos. Ante la
ausencia de otras cervezas que pensaban eran de mayor gusto, pidieron Tecate
roja, por si las dudas. Pero dio la casualidad de que las acababan de meter al
refri y no estaban lo suficientemente frías, lo cual pasaron por alto, ya que
no pretendían salir bajo el sol asfixiante de la media tarde y buscar otro
lugar.
-Pues unas Light, joven. Ni
pedo, sirve que no nos empanzonamos Alex.
![]() |
| El famoso Puente Negro |
Pasaron un buen rato en el
bar, platicando del desmadre que les había hecho pasar la tal Elisa. Además de
pendejada y media que se les ocurría. Recordaban también aquellas anécdotas de
la infancia que se vuelven interminables, más aún cuando se siente uno lejos de
casa, ajeno a la situación o momento requerido. Así pasó el tiempo, hasta que
comenzó a oscurecer. Para ese momento el Quique ya se había conectado dos
chavas culichis (de esas de mucha nalga y poca chichi) pero al Alex ninguna le
convencía del todo, estaban medias federicas. Las morras los invitaron a bailar
a un antro llamado La
Callecita , donde se baila salsa, cumbia y guaguancó todos los
viernes por las noches. Ahí es el lugar donde se dan cita algunos de los
mejores rumberos de la región. Los compinches no se podían negar ante la
invitación, pero antes de partir al baile, querían dejar sus cosas en algún
lugar que estuviera bueno, bonito y sobretodo barato. Una de las culichis que
conocía un hotel bara, los llevó para que se hospedaran ahí y dejaran sus
cosas; “Hotel Descanso” se leía a la entrada, sobre la calle de Hidalgo.
-“Motel de paso” querrá
decir –mencionó el Quique, ante las risas de todos.
Subieron sus cosas, ni
tiempo les dio de revisar el cuarto, había cama, baño, lo demás no importaba en
ese momento. Se lanzaron a La
Callecita , después de pagar un cover de cincuenta varos que
al principio no pretendían pagar, pero pues ya estaban ahí. Se metieron y
pidieron puras medias de Tecate Light.
-Si al cabo está buena
–decía el Alex.
La rumba salió a flote,
cada quién bailaba con cada cual hasta que llegaron más personas, amigos de las
culonas aquellas. Entre este grupo de amigos se encontraba una mujer en
especial, que cautivó de inmediato al Alex. Se trataba de una chava realmente
guapa, de mediana estatura, piel morena, ojos radiantes y estilo peculiar.
-¡Como me gustan, así mero,
ni mandada hacer! –se decía él mismo.
Las chavas los presentaron.
-Vienen de Michoacán.
–Decía una de ellas.
Claudelia se llamaba la
mujer que lo había embrujado, solamente ese nombre pudo articular su memoria.
-Esa chica me palpita –le
dijo el Alex a su camarada.
-¿A poco sí? Pues esta
buena y bonita, pura chaparrita te late morro –mencionó el otro.
-Es que esas son la neta.
El Alex se abalanzó sobre
Claudelia para invitarla a bailar.
-¡Estos plebes bailan bien
chilo, ándale, baila con él! –propuso una de las culonas.
Los dos se la pasaron
platicando toda la noche, Claudelia le comentó a Alex que ella vendía mota,
pastas, coca y pingas; que ya tenía acá dos tres conectes pesados, cosa que le
cautivó aún más de ella, aunque bueno, consumir mota no es lo mismo que vender,
en fin, todo quedó pactado cuando ella le dijo que salieran un rato del bar
para darse unos joins con Maríajuana.
Al regreso, ambos reían a mares mientras bailaban, no era preciso dar marcha
atrás a todas las manifestaciones emotivas que se encausaban en la pista. ¿Cómo podían haber creado tanta conexión en
tan poco tiempo? -Se preguntaban los otros amigos. La respuesta se
encontraba en lo saycos que los había
puesto la mota y en el baile cadencioso, cachondoso, mejor dicho. Lo cual creó
el manifiesto puro de la emoción redentora, de la sensación impasible.
Claudelia y el Alex compaginaron a la perfección esa noche llena de rumba. ¡Que perro! –decía ella-. El otro
parecía confuso, atolondrado por la situación, como no creyendo la onda precisa.
Piñados se quedaron los dos después de partir cada cual por su lado. Ellos a
sus casas y estos dos plebes sin sentido se fueron al hotel. Donde les esperaba
una larga jornada surrealista. Llegaron al cuarto, el velador les abrió la
puerta. Estaban decididos a dormir y descansar un buen rato, pero todo se llenó
de incomodidad. De cualquier parte del cuarto salían esas hormigas enormes que
en Michoacán llaman mordullos.
-Hay que matarlos güey,
cómo vamos a dormir así, esas madres muerden bien culero -mencionaba el Quique.
Uno a uno iban matando a
aquellos seres de repulsión instintiva para el Quique, quién se veía más
entusiasmado y divertido con la escena.
-Y qué mi chavo ¿Que tal la
morra, eh?
-Nel pues bien chida, me
late, me late –contestó Alex.
-Eh morro, te veías bien
amachinado.
-Si pues. Está chida la
chava y es bien neta. Me cae que yo aquí ya me quedo. Chingue su. Pa’ qué me
regreso.
-No seas mamón –finalizó el
Quique.
Fueron interminables
minutos, quizá una hora, en la que concluyó la batalla entre hombre y animal
por aquel lugar, por su territorio. Ya estando acostados, una serenata se
instaló frente a su ventana, el sonido era realmente devastador, provenía de
una camioneta Hummer del año, de ahí salían las notas de: Si tu quieres disfrutar de las mulas de moreno / llévatelas pa’l
arrollo pa’ que no te mire naiden / Que te parece: Fine, fine, fine, verygood,
verygood, verygood / Very, very, very, very goooood…”[1] Continuando
con esa de: Nos vamos pa’ Mazatlán, nos
vamos en la blindada / que nos siga la plevada, nos vamos en caravana / y me
rentan una suite allá en el hotel del Cid / quiero a toda la plevada, con la
nariz empolvada…”[2]
Después de un rato, se
cerraron las puertas de la
Hummer , la música bajó de tono y un interminable quemón de
llanta se hizo notar por más de una cuadra.
-¡Hijos de la chingada,
pinches buchones juniors, a chingar a
su madre! –gritó el velador desde la recepción.
Casi a punto de quedarse
jetones, unos ruidos castrozos en la calle les interrumpió el sueño, ruidos que
no sabían de qué demonios provenían, eran exagerados, como aplanadoras o
aspiradoras gigantes.
-¡Qué la chingada y aquí a
que hora duerme uno? ¡Chale!... Y qué Alex ¿Si le pediste su numero de celular
a la morra? –terminó por decir el Quique.
-¡Ah no manches, no se lo
pedí, no me acordaba del cel que te lacreaste!
-Que buey estás compa ¿Y
luego? ¿Cómo le vas a hacer pa’ verla otra vez?
Alex se quedó callado, esa
pregunta le taladró la conciencia durante un buen rato. Pensaba en el momento
ocurrido, recordaba el baile, su cara, sus manos, sus ojos… su sonrisa. Algo
indescifrable había despertado desde muy dentro de su ser. Algo tan intangible,
tan sincero.
-Hey Quique ¿Estás dormido?
-Nel compa ¿Qué quieres?
-Vamos a echarnos un
toquecillo, va.
-¡Ah chinga! ¿Y de dónde
agarraste mota pinche morro?
-Pu’s ya vez como es uno de
cabrón. Me la regaló la
Claudelia güey. Pura de la buena carnal. De la mera mata
maconhera. ¿Cómo vez?
- A ver, préndete pues. Así
ya pa’ dormir más relax.
Después de ponerse muy místicos
con la ganja, terminaron durmiéndose como a eso de las cinco de la mañana, sin
ruido alguno que les molestara.
La cruda al día siguiente
traía en jaque al Alex. Dolores estrepitosos entre su estómago no hacían mas
que disuadir la pequeña tolerancia al calor extremo que ya se hacia presente.
Un poco más de media hora lo mantuvo sereno sentado en la tasa del baño, el
cual era toda una onda llena de surrealismo; la puerta abría para ambos lados,
como si fuera vil cantina, la regadera estaba muy por debajo del nivel
requerido y justo al lado del excusado, en el cual había que sentarse como de
ladito para que las piernas quedaran chido.
-Hey morro, vete a pagar lo
de esta noche, va. ¿Si nos vamos a quedar otro día de perdis, no?
-Simón, como no, si ya estamos
aquí hay que quedarnos. Pero apúrale pues, no te tardes, ya pa’ salir a ver
morras de caderas grandes.
Anduvieron caminando por la Obregón un rato, trataban
de encontrar a la mujer más culona de Culiacán, hasta que al Alex se le ocurrió
la idea de visitar la capilla de Malverde. Ya les explicaron que ruta tomar,
que estaba por Palacio de Gobierno, que ahí se bajaran y caminaran unas
cuadras. Adentro de la capilla se sentía una vibra extraña, quizá se debiera
más a la misma cuestión de asombro que les causaba la imagen y el mito de
Malverde, el lugar tapizado de fotografías, placas conmemorativas y el centro
de rezo al santo que dicen se han apropiado los buchones.
-Está chido aquí compa.
Como la rola que cantan los Cadetes ¿No la has escuchado? –Preguntó el Quique.
-¿Cual rola?
-Esa que dice: Me fue muy bien todo el año, por eso ahora
vengo a verte,
de Culiacán a Colombia, que viva Jesús Malverde.[3]
de Culiacán a Colombia, que viva Jesús Malverde.[3]
Después caminaron y
caminaron, estaban perdidos, pero ninguno quería preguntar como moverse de ahí,
les causaba cierto temor que supieran que eran fuereños.
-No vaya a ser la de malas.
–Decía el Alex.
![]() |
| La Capilla de Jesús Malverde |
Tomaron un camión que decía
Malecón, el Quique instintivamente pensó que a la orilla del mar y le dijo al
Alex que fueran. Se bajaron donde el chofer les dijo que era el Malecón. El
desagrado fue nunca encontrar el mar. Caminaron por el puente negro, por el
Malecón viejo, por toda la orilla del Río Tamazula, hasta toparse con algo
medio extraño para ellos, una pequeña isla dentro del río. A ambos les causo cierta
sensación de asombro, y corrieron como infantes por el puente colgante de
madera.
Se trataba de la Isla de Oraba, en la cual se
podía notar instintivamente que había una gran epidemia hormonal, un sin fin de
parejitas acarameladas derrochando la miel acaparaban el lugar. Cosa que de
pronto causó cierto cuestionamiento y preocupación personal a ambos personajes.
-Hazte para allá morro, no
vayan a pensar que somos jotos –Mencionó el Alex, entre risas de ambos.
-Ándale güey, dame la mano
¡Chingue su madre lo que digan!
-Nel pinche morro, y que
tal que a una de estas culichis le gusté y me ve contigo de la mano, no, no,
no.
-Chales morro, eres bien
apretado.
-Mejor vamos a echarnos un
toquecín acá abajo de este puente, vente.
-¡Vamos pues!
Después de haber inhalado
la planta sagrada de Salomón, bajo el puente del Parque de la Rivera , se dirigieron rumbo
al Forum, ambos tenían hambre y querían comer algo, lo que fuera.
-Pizza, tacos, enchiladas,
gorditas… ¿Qué se te antoja? –Preguntó el Quique.
-Pues lo que sea, todo se
me antoja… ya sé, hay que comer pizza, hace un buen que no como.
El turno numero 65 les
tocaba, en quince minutos estaría lista su pizza. Ambos aguardaban con
impaciencia, recargados sobre el muro que dividía la pizzería y la taquería.
Pasarían cerca de diez minutos cuando se escuchó un cristalazo cerca de donde
se encontraban, enseguida varios disparos se escucharon en el recinto. Toda la
gente que ahí se encontraba se tiró al piso, los pocos que se encontraban cerca
de alguna de las salidas corrieron. Alex y el Quique desesperados no sabían que
hacer, se quedaron pasmados ante la situación.
-Agáchense, tírense al
piso. –Les gritó un señor que se encontraba al lado de ellos.
Inmediatamente se
recostaron y se dejaron escuchar otros balazos. Después fueron más constantes;
tres, cuatro ráfagas de balazos, dos ráfagas más, tres y así durante casi cinco
minutos que parecieron eternos. Por un momento parecía que el asunto se había
tranquilizado, varias personas se pararon y comenzaron a correr. El Quique y el
Alex se miraban fijamente, sin mencionar palabra alguna, pero como diciendo: Mira nomás a donde fuimos a parar cabrón.
En eso trataron de incorporarse cuando se escucharon otras detonaciones por el
lado contrario a la Isla
y nuevamente la gente trataba de encontrar un refugio.
-¡Hay Jesucito! Tú que no
estas en la cruz pero si en Culiacán, haznos el paro de la vida. ¡Anda señor
Malverde! Líbranos de todo mal, sácanos bien de esta balacera pa’ regresar
chido a la casa. Mira que mi jefita ha de estar preocupada. –Imploró al cielo
el Quique.
Unos minutos después se
escucharon unos disparos más, pero era tan solo el eco de ellos, ya se habían
alejado los detractores de la balacera. Fue entonces que ya con un poco más de
calma la gente comenzó a salir del lugar. Varios policías comenzaron a llegar
al recinto, haciendo revisión a las personas que aún permanecían ahí. Estaban
bloqueando las salidas. Los dos morros se reincorporaron con cierta
incertidumbre, sobre todo porque el Quique recordó que Alex traía la mota
clavada en su mochila.
-No mames Alex, tú traes la
mota, nos va cargar la chingada.
-Aguanta morro, no te
exaltes, has como si no hubiera pedo. Ahorita nos salimos por este lado, ahí
todavía no hay polis, vente, acércate así tranquis y luego le corremos.
Todos trataban de tomar
calma, parecía que todo volvía a la tranquilidad, Alex y Quique estaban cerca
de la salida hacia la Isla ,
los policías venían del otro lado.
-Numero 65 ya esta lista su
pizza.
-¡Oí nomás compa, vámonos a
la chingada de aquí! –Mencionó el Quique.
Los dos morros salieron
rápidamente del Forum, se fueron por todo el Malecón nuevo para salir a la
avenida y dirigirse inmediatamente al hotel. Llegaron, la sangre les
revoloteaba, el aire les hacía falta, poco a poco fueron recuperando la
condición y así de a montones echaban las cosas en cada una de sus mochilas.
Salieron del hotel sin pensar siquiera que ya habían pagado esa noche, no les
importó, nada les importaba en esos momentos. Tomaron un taxi y se dirigieron
directamente a la Central
de Autobuses. Preguntaron por las salidas a Morelia. Había una a las 10:30 de
la mañana siguiente, no les agradó. Pensaban incluso en tomar una salida con
destino a otro lado, ya fuera Tepic, Zacatecas, Guadalajara o hasta el DF, pero
querían salir ya de ahí.
-A las 3:45 con destino a
Morelia, viene corrida de Tijuana. –Mencionó la señorita de la línea TAP.
-Ya chingamos pinche Alex.
–Y dirigiéndose a la señorita- Deme dos para hoy porfa. –Terminó por decir el
Quique.
Se metieron a la sala de
espera, Alex se notaba ya más relajado, aunque quizá pensativo por que tal vez
no volvería a ver nunca más a Claudelia o sobre todo porque sabía que quizá no
volvería a tener de esa mota chingona entre sus manos. El Quique por su parte
trataba de tranquilizarse, por su mente deambulaba imperfectamente una
constante aberración, una suplica disparada. Casi para abordar el camión echó
un vistazo atrás, pensando que algún día tendría que regresar a pagarle el
milagrito a Malverde.
















